
Vale la pena seguir revisando esta imagen sobre nociones y relatos muertos en educación... ¿será que lo público ya no es lo que era?, ¿hay que abandonar esa idea?
1. La valoración de la educación pública en los medios
La primera señal para las familias es la imagen que sobre los distintos tipos de establecimientos educacionales construyen los medios de prensa, con la complicidad del propio MINEDUC, cuando año a año, publican resultados del SIMCE y de la PSU, donde la mayor parte de las escuelas y liceos municipales figuran a final de la tabla de posiciones. Incluso el más desinformado de los apoderados escucha, contempla o lee alguna vez la cantinela de la baja calidad y la crisis financiera de la educación municipal.
Si a ello se suman las recurrentes paros de los docentes del sector municipal, con su buena cuota de prensa como caja de resonancia, se consolida la imagen pública de una educación pública ensimismada en la precariedad financiera, la mediocridad profesional y la baja calidad de sus procesos y resultados.
2. La valoración o la cara de las escuelas y liceos públicos
Una segunda capa es la que muestran los propios establecimientos, cada vez que son visitados por las familias. Salvo excepciones, las escuelas y liceos públicos se caracterizan por una infraestructura y equipamiento en malas condiciones, escasamente mantenida, con frecuentes señales de descuido y falta de preocupación. Física o materialmente, la educación pública se acostumbró a mostrar escaso aprecio por sí misma. Escudados en la falta de recursos, muchos de los establecimientos municipales han optado por las puertas, las paredes y los pisos sucios, los jardines descuidados, los patios e instalaciones deportivas donde faltan implementos. Se puede incluso postular la hipótesis de la relación entre buenos resultados escolares (medidos en el SIMCE) y la condición material de un establecimiento: una escuela o liceo de buenos resultados tiende a ser también un establecimiento donde el cuidado de la infraestructura y el equipamiento son prácticas constantes, por modesta que sea esa escuela o ese liceo.
Si además se pone atención a las interacciones entre alumnos y entre alumnos y adultos (docentes y no docentes), se tiene otro elemento de decisión: la sensación de tranquilidad, buen ánimo, orden, respeto y tolerancia que se pueden percibir en las conversaciones espontáneas de patios, las aulas y oficinas serán un poderoso argumento para juzgar inicialmente a una comunidad escolar.
Así, cuando impera el descuido y el desgano, una señal clara que pueden percibir las familias cuando visitan esas escuelas y liceos públicos es que no son lugares gratos ni queridos por sus propios moradores. Por extensión, no es muy aventurado pensar que tampoco son lugares donde la gente disfrute de un clima nutritivo y una buena convivencia.
3. La valoración de sí o la imagen de los profesores de la educación pública
Una tercera capa es la que representan los profesores, caracterizados de manera ambigua en los medios y la comunidad: son simultáneamente valorados por su enorme responsabilidad social y criticados por su desempeño profesional y también por su propensión a actuar colectivamente en la defensa de sus propios intereses, aun cuando ello pudiera afectar los intereses de sus alumnos.
En este sentido, 2009 fue un año desafortunado: la imagen de los profesores sufrió un claro deterioro porque en su lucha por reinvidicaciones salariales, alteraron la vida cotidiana de muchos estudiantes y sus familias y reforzaron aquella lectura crítica sobre la educación pública que la representa como una enseñanza de bajos resultados con profesores cuyo compromiso está siempre condicionado por su conformidad con el salario y otros beneficios.
Por consiguiente, no debe extrañar que las familias incorporen este dato en su decisión educativa: en la escuela y el liceo público no está garantizada la continuidad del servicio educativo; al contrario, habría que asumir que allí habrá interrupciones y pérdida de clases.
En otra arista, la imagen de los docentes tiene un factor de configuración en sus propias actuaciones cotidianas. Un par de ilustraciones al respecto: a) la forma laxa en que son asumidos los compromisos laborales (algunos tan elementos como el apego a los horarios) y b) la devaluación que ha experimentado la idea del profesor como "modelo de rol" o referente identitario para los alumnos.
4. La valoración que el Estado (o el gobierno) transmite mediante la política pública
El gobierno ha sido ambiguo con la educación pública. En un momento, define apoyos y recursos extraordinarios para el fortalecimiento de la educación pública (por ejemplo, mediante el Fondo de Apoyo a la Gestión Municipal); en otros, emplea los proyectos legislativos de reforma de la educación pública como carta de negociación electoral. Como sea, parece claro que todo lo realizado no ha sido suficiente para generar la imagen de una educación pública de calidad para todos como una preocupación de Estado. Antes bien, aunque hay un claro uso político del problema, desde la política pública se ha instalado la idea de la educación pública como un problema técnico y eminentemente de gestión, esto es, como un problema que se resuelve con mejor administración, mejores incentivos, más presión, más capacidades y más recursos a cambio de planes de mejora que comprometen resultados.
Desde el lado de las familias, todo ello no hace sino reforzar la noción de un sistema escolar público de bajo profesionalismo y muchas carencias.
La disciplina es casi siempre el punto de partida de la relación pedagógica de profesores y alumnos en el aula: sin un respeto mínimo al orden escolar y sin una figura de autoridad clara, la posibilidad de enseñar y generar aprendizajes se hace menos probable. Por tanto, un contenido indispensable de la relación “familia-escuela” es el significado de la disciplina en el hogar y la escuela. Cuando los estudiantes presentan buenos resultados, las demandas cotidianas hacia la familia se limitan a la asistencia a reuniones, el pago de cuotas y el control y apoyo en el hogar. Cuando los niños muestran una conducta difícil o su rendimiento es bajo, entonces la escuela demanda una mayor presencia para aconsejar primero y luego advertir de las consecuencias que puede tener este desempeño escolar no deseado.
Cuatro recomendaciones para una familia interesada en que sus hijos aprendan en la escuela
Para una relación “familia-escuela” exitosa es necesario que ambos tengan muy claro lo que pueden hacer en sus propios ámbitos. Sin una distinción clara del campo de la escuela y la familia, no es posible que trabajen cooperativamente. Dicho de otro modo, cuando el niño percibe con claridad qué es lo que puede esperar de la familia, sabrá también qué es lo que la familia espera de él como estudiante. Y lo mismo se puede decir de la escuela. Con excepción de algunas situaciones muy especiales, es un gran error que la escuela se haga cargo de las tareas propias del hogar y la familia.
El principal aporte que la familia puede hacer al aprendizaje de sus niños en la escuela, no tiene como lugar la escuela, sino el hogar. Su aporte vital es constituirse en una familia “fuerte” en el hogar. Es decir:
Tres recomendaciones para una escuela interesada en que sus alumnos aprendan
La escuela, por su parte, requiere constituirse en una escuela de verdad. No es tan obvio que se pueda llamar “escuela” a un edificio y organización donde hay profesores y donde se enseñan contenidos que pueden ser aprendidos por los alumnos.
Sin embargo, junto con estos focos de intervención, es indispensable abordar otros igualmente urgentes:
Una breve e ilustrativa síntesis de las reformas educativas que emprenden o están prontos a iniciar los países latinoamericanos se publica en El Mercurio. Algunas de ellas han significado renovar las leyes que regulan el sistema escolar respectivo (como en Argentina, Chile, Ecuador y Venezuela); otras se han centrado en procesos, infraestructura y equipamiento (como en Colombia); otras han puesto el foco en los docentes (como en Perú) y otras avanzan hacia un nuevo intento de renovación de la educación secundaria, luego de constatar el fracaso de anteriores experiencias (como en Argentina).