lunes, 18 de febrero de 2013

Selección de directores escolares

Fuente: http://philmckinney.com
En el sector público, la selección de directores está firmemente regulada, tanto en lo que dice relación con los requisitos formales (por ejemplo, ser profesional de la educación, tener formación o perfeccionamiento pertinente y un determinado número de años de experiencia en el sistema educacional), los conocimientos específicos que se acreditan y la experiencia y competencias que se demandan. El proceso es casi idéntico en todo el país y suele incluir fases de revisión documental, de entrevistas y resolución de tests psicosociales, de entrevistas técnicas o de foco en la experiencia y formación propia del cargo y, por último, de entrevistas con autoridades y/o equipos de gestión relacionados con la función directiva. En Chile, además, se solicita un plan de trabajo que compromete resultados en aumento de la matrícula, eficiencia interna y aprendizajes para un periodo de 3 años. 

En el sector privado, aun cuando la normativa es menos estricta, el proceso de selección guarda alguna similitud, sin bien hay mayor apertura en la formación profesional de origen, la post formación y la experiencia. Las fases gruesas, sin embargo, son similares, a saber, la revisión documental, la entrevistas psicosociales y las entrevistas con autoridades institucionales. Las diferencias están en la forma de acceder al cargo (persiste la búsqueda y ofrecimiento directo sin mayores mediaciones, si bien es cada día mas frecuente la búsqueda de candidatos mediante agencias de head-hunters) y en la relevancia asignada a características psicosociales del directivo en la que se juega el proyecto institucional, lo cual se traduce en un  "modo de ser persona y directivo" (por ejemplo, mayor o menor grado de manejo político; mayor o menor cercanía con los demás en lo cotidiano; mayor o menor capacidad de testimoniar y/o movilizar creencias) y en la búsqueda de cierta afinidad o concurrencia de principios o de perspectivas filosóficas, morales o religiosas. Un director debe dar cuenta y asegurar la preservación y fortalecimiento del carisma o sello institucional, aquello que distingue al centro educativo y a la formación que allí se imparte. Es este rasgo lo que tal vez más preocupa a centros educacionales vinculados a congregaciones o grupos religiosos.

En un centro educacional religioso, el director (o la directora) ha sido visto fundamentalmente como una autoridad cuya legitimidad está basada en el respaldo que la congregación le brinda y explicita. La fortaleza o solidez de su formación, experiencia previa e incluso de su gestión directiva no siempre le ha sido exigida,; lo importante ha sido contar con la confianza y apoyo institucional. Con todo, gradualmente esta visión ha transitado hacia una mayor estandarización tanto en la formación previa como en el desempeño, entendida como el cumplimiento de altos niveles de formación especializada y la presentación o avance de un plan de intervención y metas de gestión. El punto crítico sigue siendo el "modo de ser" individual y colectivo: cómo dirige y cómo se conduce cotidianamente en sus relaciones interpersonales en el centro. En estos centros, el buen director lidera comunicativamente, influyendo, modelando, regulando, evaluando.

Este aspecto parece resbaloso, pero en realidad es sustantivo y traduce una parte significativa de los aprendizajes de la literatura experta sobre liderazgo colaborativo. Ser un buen director es movilizar a otros, generar compromiso y compartir con ellos una visión; es crear una atmósfera de seguridad, confianza y afecto, tal que docentes y estudiantes se sientan animados a permanecer, ayudar(se) y cuidar(se) en el centro. Ser un buen director es promover o cultivar el liderazgo en los otros, esto es, es alentar e impulsar a quienes representan o "encarnan" el sello o el carisma en su trabajo y convivencia. Compartir una visión, crear un clima de confianza y promover el desarrollo de los demás es parte de todo buen liderazgo educativo y es seguramente donde también se juega el sello o carisma institucional. Lo demás es poner el foco en los procesos instruccionales (mejorar la pedagogía, personalizar la enseñanza, etc.) y contar y aplicar intensivamente un buen sistema de información, análisis y evaluación de procesos y resultados.


miércoles, 16 de enero de 2013

Subvención escolar adicional para estudiantes de clase media

Fuente: http://static.latercera.com
El gobierno de Chile ha puesto suma urgencia al proyecto que crea una subvención escolar adicional destinada a los sectores medios. Esta nueva subvención, según advierte García-Huidobro en El Mostrador, es fundamentada desde la SEP (subvención escolar preferencial) que existe en Chile desde 2008, sugiriendo que la anima el mismo espíritu de ésta, a saber, el reconocimiento de la complejidad de educar con calidad a los más pobres y la necesidad de adicionar recursos para ello. Sin embargo, esto sería un espejismo o un caballo de Troya, pues como ya había denunciado el Movimiento Educación 2020, esta subvención no solo no fortalecería la implementación de la SEP, sino que la debilitaría pues no exigiría los mismos requisitos para recibirla, a saber, renunciar a cobros adicionales a las familias de alumnos vulnerables, no seleccionar ni excluir y destinar los nuevos recursos exclusivamente a acciones de mejoramiento de los aprendizajes. En pocas palabras, se entregaría al establecimiento, tenga éste o no prácticas de segregación (seleccionar y demandar copago a las familias), tenga o no éste ánimo de lucro, tenga o no interés en invertir en mejores condiciones e iniciativas para adecuar su gestión y pedagogía a las condiciones de educabilidad de los estudiantes que acoge. Como bien dice García-Huidobro, "esta nueva subvención les da más plata a los sostenedores y no les exige nada a cambio. Más aún, premia con este nuevo aporte a los sostenedores que atienden a estudiantes pobres (I y II quintil) y que, en su momento, decidieron no asumir los compromisos que implicaba ingresar a la SEP. En buenas cuentas, esta subvención resulta un beneficio claro para los sostenedores y no asegura ninguna ventaja a los estudiantes pobres a quienes está dirigida, ya que no garantiza ninguno de los bienes que la fundamentación del proyecto promete". Y agrega: "hay dos lógicas: la de la igualdad (que en Chile no se cumple porque —lo subraya el proyecto— los más ricos tienen más plata para la educación de sus hijos) y otra éticamente muy exigente que es poner la igualdad en los resultados y no el tratamiento y, por tanto, diversificar los tratamientos dando más a los más pobres para avanzar hacia la igualdad de resultados. Lógica que el proyecto enuncia, pero que luego contraviene al aceptar el financiamiento compartido, cuyo principio es que quien más tiene más aporta y más recibe".

El Movimiento 2020 apunta en idéntica dirección. afirmando: 

  • El proyecto insiste en reforzar el financiamiento compartido (y con ello la segregación), pese a toda la discusión suscitada a raíz del incentivo tributario. Chile es uno de los países con mayor segregación escolar del mundo, situación que es profundizada por el financiamiento compartido. Diversas investigaciones, han demostrado que el financiamiento compartido sólo agrava la alta segregación social de la educación chilena, limita las posibilidades de elección de las familias (asociándolas a su capacidad de pago) y refuerza el carácter selectivo y excluyente de las comunidades escolares. No hay evidencia de que los recursos del copago se hayan traducido en mejor calidad.
  • El uso de estos recursos - al no asociarse a un gasto específico - podría terminar reforzando el lucro y/o fomentando la apertura de nuevos establecimientos por parte de sostenedores que hoy no aseguran calidad. Hasta hoy se pueden crear impunemente escuelas de cualquier tamaño o calidad. Al respecto, la Agencia de Calidad y la Superintendencia de Educación podrán establecer sanciones recién en 4 años. ¿Qué pasa con estos recursos en el intertanto? 

domingo, 6 de enero de 2013

Andrés Bernasconi: Educación superior en Chile

Fuente: http://www.uc.cl
Andrés Bernasconi es un académico que hoy forma parte de la Facultad de Educación de la PUC y del CEPPE. Su opinión sobre la educación superior y las perspectivas de la misma es una notable excepción entre la pléyade de comentarios  catastrofistas. Esta columna se publicó en La Tercera y se llama "Educación superior: bases para una transformación"


Hace poco me preguntaron en una entrevista si la educación superior chilena está realmente tan mal como parece. La inquietud es justificada, especialmente hoy, cuando decenas de miles de postulantes deben optar por una carrera y una institución: bajo el lente de las movilizaciones estudiantiles de 2011 y el escándalo por las acreditaciones irregulares de 2012 la educación superior chilena puede evocar el campo derrotado después de la batalla. Varios muertos, múltiples heridos, timbales y trompetas pisoteados, pendones rasgados, humo, desorden y confusión por doquier. 

Pero esta imagen, o cualquiera otra que represente postración o catástrofe, están fundamentalmente divorciadas de la realidad.  Aunque no sea el momento más propicio para subrayarlo, en honor a la verdad corresponde recordar que, no obstante sus muchos problemas y debilidades, la educación superior chilena es con mucha distancia la mejor de América Latina, y ajustando por su costo, probablemente también superior a varios sistemas de Europa.

Mídasela por la productividad de sus científicos, la competitividad internacional de los mejores profesionales que forma, los niveles de empleabilidad y remuneraciones del promedio de los profesionales y técnicos que egresan de ella comparados con los que sólo completaron la secundaria, la tasa de participación en ella de los jóvenes más vulnerables, la capacidad de afirmar las instituciones del estado de derecho y la democracia, su prestigio, su capacidad de crecimiento, cambio y adaptación, entre otros indicadores, la educación superior de Chile quedará siempre adelante en su grupo natural de referencia. A mayor abundamiento, la empinada trayectoria de crecimiento cuantitativo y mejoramiento cualitativo de nuestro sistema terciario permite proyectar que este liderazgo no hará sino incrementarse en la década que viene.

Pero la educación superior de Chile, como la de EE.UU, y a diferencia de la de la mayoría de los países de Europa, es muy heterogénea, de tal suerte que el nivel de desempeño promedio no refleja la situación de la mayoría de las instituciones, sino la mezcla de resultados muy buenos, propios del primer mundo en algunas instituciones, con experiencias muy pobres, típicas de la pobreza más agobiante, en otras. Y sin embargo, muchos de los instrumentos usados en el sistema vienen en un solo modelo y talla. La PSU es un buen ejemplo: instrumento de selección útil para algunas universidades, es poco relevante para otras, y menos aún para los institutos profesionales y los centros de formación técnica.
 
Muchos de los abusos que hemos conocido en el último tiempo han sido atizados por un clima de permisividad en que las restricciones son pocas y nadie vigila que se cumplan las que hay. La gran novedad en el caso de la Universidad del Mar no radica tanto en la investigación judicial del Ministerio Público como en el sumario administrativo del Ministerio de Educación, que por primera vez da aplicación a la norma que desde 1981 permite cerrar  una institución autónoma por causales de grave infracción a la ley o a sus propios estatutos.

Entonces, un primer paso es fortalecer el aparato regulatorio del Estado, en la dirección propuesta por el gobierno: legislar un nuevo sistema de acreditación que asegure estándares de calidad, y aprobar una Superintendencia de Educación Superior que vele por el cumplimiento de la ley, en especial para proteger los derechos de los estudiantes y para fiscalizar que las universidades no realicen operaciones lucrativas para sus sostenedores.

Aun en el escenario actual, sacar estas dos leyes del Congreso no será fácil, y seguramente ocupará, junto con otros proyectos ya presentados en Educación, todo lo que resta de la actual administración. Quedarán, entonces, para el nuevo gobierno, otros problemas a abordar, quizás menos urgentes, pero igualmente importantes para mejorar nuestro sistema de educación superior.

Una lista no exhaustiva ni priorizada de estas otras reformas pendientes incluiría la eliminación del distorsionador incentivo financiero a las instituciones asociado al uso de la PSU, por virtud del cual se les entregan recursos según los puntajes de los alumnos que matriculan, paso previo esencial para desbloquear la revisión de la PSU como instrumento de selección, la creación de un régimen de habilitación inicial y certificación periódica para el ejercicio de las profesiones adicional al diploma universitario -quizás empezando por unas pocas profesiones, como está ocurriendo con Medicina, y podría luego ser el caso de las pedagogías-, la reforma de Conicyt, que, apropiadamente ubicado como está en el Ministerio de Educación, no puede, sin embargo, seguir siendo gobernado como una monarquía, donde las ideas del presidente del organismo (por más iluminadas que sean) son la política de ciencia del país; asimismo, se requiere la creación de una verdadera plataforma de diálogo entre el ministerio y el sistema de educación superior, que se amplíe a todas las instituciones del sistema y mejore la calidad de la limitada interlocución que provee hoy el Consejo de Rectores, y la modernización del estatuto jurídico de las universidades estatales y de sus sistemas de gobierno y control de gestión.

En este contexto, la crisis de la acreditación ofrece una oportunidad como no se ha dado desde el retorno a la democracia, de hacer política de educación no desde las trincheras ideológicas del estado docente, por un lado, y la libertad de enseñanza, por el otro, como siempre se ha dado en Chile en materias educacionales, sino a partir de las lecciones de la experiencia de 30 años de aplicación de un modelo de educación superior esencialmente basado en el mercado, con una débil regulación pública, y una conducción gubernamental que usa casi exclusivamente el financiamiento como herramienta de política, y que necesita ahora desentumecer y poner en acción su brazo regulatorio.

sábado, 5 de enero de 2013

Ideología y evidencias en educación

Fuente: http://www.fundacionsistema.com
En temporada de balances y proyecciones, afloran inevitablemente las ideas que cada uno defiende. Basta revisar las opiniones del Colegio de Profesores, las columnas en la prensa de diversos analistas y la llamada "cuenta pública 2012" del MINEDUC. En todas ellas, es más o menos explícita la ideología educativa o el relato sobre el significado y la relación entre educación y sociedad y el programa que se propone para hacerlo realidad. Simultáneamente, en la justificación y crítica de las acciones y decisiones, emerge un cierto cientificismo, apelando a las hoy populares y casi obligatorias "evidencias", esto es, las afirmaciones que se hacen sobre determinados tópicos educativos basados en estudios científicos y, crecientemente, a las lecciones de política que se importan desde otros países u organizaciones multinacionales (como la OECD, el Banco Mundial, la UNESCO y otras). En este caso, se suele decir que las evidencias (de)muestran que lo que se debe hacer es tal o cual cosa porque de ese modo se alcanzarán las metas anheladas. A renglón seguido, se califica como falacias, prejuicios o mitos aquello que no se condice o no se estima coherente con las evidencias que se han seleccionado como respaldo a los argumentos que se defienden. La mentada evidencia al servicio de la ideología.

Es una discusión que se presenta acá y en otros lares. A manera de ejemplo, en España, el debate es intenso porque, pese o acaso precisamente por la crisis y su hipótesis de salida de la misma, el gobierno se ha empeñado en implementar un conjunto de cambios educacionales que implicaría un giro radical respecto de lo realizado hasta hace poco. Así pues, desde la oposición se acusa al gobierno actual de imponer una reforma que responde más a la concepción de sociedad que promueve el Partido Popular y menos a las metas que pudieran determinarse luego de analizar la situación actual de la educación en dicho país: "recorte y LOMCE son parte de un mismo plan que no responde a ninguna exigencia coherente, sino a una deliberada voluntad de convertir al sistema educativo en un medio para la separación y la selección social. Un cambio por el cual un sistema que da oportunidades pase a ser un mecanismo más de exclusión", dice María del Mar Villafranca, del PSOE. Dicho de otra forma, no sería -si se cree a Villafranca- sino una porfía ideológica del PP que no atiende a la evidencias, al realismo, a la experiencia comparada, a "los formatos de éxito" como dice ella misma.

En Chile, la discusión sobre el rol o la responsabilidad del Estado y del mercado (disyuntiva que resulta impropia, dado que el primero es un actor y el segundo un lugar o -cuando mucho, un criterio de distribución, diría Atria) es igualmente polar: unos atacan al mercado como el responsable del presunto desastre o colapso del sistema educacional regido por la racionalidad instrumental, el individualismo y la orientación al lucro. Ha sido el abandono de la razón gubernamental del Estado y su reemplazo por la gubernamentalidad de mercado la que ha generado esta corrosión del significado y alcance de la educación en Chile. La racionalidad del mercado, a la vez, no solo ha impregnado los discursos, sino la forma en que representamos y vemos el mundo y a los otros, convirtiéndose en el eje estructurante de lo común, logrando que el Estado se representara (o sea, se viera a sí mismo) de manera tal que se inhibiera de actuar, pues el mercado -para ser- requiere la mínima acción estatal o el más amplio espacio para moverse. La razón gubernamental (del Estado) es favorecer la razón de mercado, tal cual. O, para usar una afirmación de Rodríguez Freire (2012), el mercado es el orden del mundo y el Estado solo su catalizador.

Lo anterior es un argumento que busca interpretar el estado actual de las cosas en Chile y, en su abono, se puede allegar evidencias tales como los fraudes de los que se acusa al ex-presidente de la CNA, la revocación del reconocimiento a la Universidad del Mar y el listado de establecimientos a los que se ha cancelado su carácter de cooperador del Estado en la tarea educacional. Con todo, no cabe duda que muchos calificarían estos párrafos como "ideológicos", pese a reconocer la veracidad de las evidencias... ¿Por qué? porque estas evidencias no serían reconocidas como legítimas, pues a las evidencias verdaderas se las entiende como aquellas conclusiones y hallazgos que resultan de la aplicación del método científico e, idealmente, de abordajes donde el andamiaje metodológico incluya modelamiento matemático y pruebas estadísticas. 

La perspectiva dominante entiende hoy las políticas educativas como orientaciones y líneas de acción estatal fundadas en evidencia empírica, a saber, la que se desprende de estudios e investigaciones como las bosquejadas. La política educativa así entendida tendría una asepsia y un carácter incuestionable, dada la supremacía epistemológica de sus fuentes o fundamentos (las evidencias empíricas). El programa de medidas de gobierno no sería otro que aquellas iniciativas que la literatura experta recomienda para alcanzar ciertas metas educacionales necesarias para llevar al país al desarrollo en el más breve plazo. Así visto, es esperable que un gobierno aparezca como carente de un proyecto educativo y que la gestión ministerial se asemeje a un listado de acciones dispersas o como reacciones a la coyuntura nacional. Es política basada en un mix de evidencias y lecciones a partir de la experiencian en otros países (como si éstas no se fundaran en un proyecto o idea educativa) y en la racionalidad y puja de mercado: acción estatal que resulta de transacciones entre grupos de presión y elites.

Sin embargo, la experiencia chilena reciente sugiere varios aprendizajes. Primero, que la educación es demasiado importante para los ciudadanos como para dejarla solo en manos de aquellos que comprenden las políticas educacionales como un mero portafolio de medidas basadas en evidencia empírica o que dan respuesta rápida a los temas emergentes.La educación exige un relato, una visión y un proyecto socialmente legitimado. Segundo, que las evidencias siempre son tributarias de una determinada ideología. Es ingenuo suponer que la ideología subyacente no exude a través de las evidencias que se enarbolan como verdades, sobre todo cuando la experiencia cotidiana muestra la debilidad de los argumentos que se apoyan en esas evidencias. Tercero, que la salida parece estar en una auténtica y franca búsqueda del consenso. Se hace urgente un nuevo pacto social por la educación, uno que supere la visión de una acción política basada en supuestos, estrategias y metas no compartidas y se aboque a la construcción y consecución de un proyecto educativo nacional. Hoy resuena con plena vigencia lo que escribió Juan Carlos Tedesco (1995) hace casi dos décadas: "la alternativa a la reforma tradicional y a las revoluciones de diferentes signos será una estrategia de cambio por acuerdo, por consenso, por contrato entre los diferentes actores sociales [...] A diferencia del mercado y de la planificación, apelar a la concertación implica resguardar la esfera de la política en la toma de decisiones. El mercado, en cambio, suprime la política y deja la toma de decisiones librada al resultado de la pugna de diferentes grupos representativos de intereses particulares y de corto plazo. El autoritarismo, a su vez, elimina la política porque deja todo el poder en manos de un solo actor social".


viernes, 21 de diciembre de 2012

Acreditación de la Educación Superior en Chile

http://www.radiosantiago.cl
El debate es amplio y ha sido difundido hasta el hartazgo. Por cierto, las miradas son interesadas y buena parte de ellas intenta criticar la acción de los actores de ayer o de hoy, según sea la militancia del comentarista. El gobierno de Chile intentó regular la agenda, pero se vio superado por la coyuntura, sobre todo luego de la renuncia del Ministro Ribera, cuestionado por actuaciones que parecen estéticamente reprochables (digamos que aun falta probar si hay delito o irregularidad administrativa en ellas).

Pues bien, ayer se anunció un proyecto de ley que busca reformar el sistema de acreditación de la educación superior chilena. Por ahora, es un anuncio y no se conoce el proyecto en sí, lo cual ya es una nota característica de la política comunicacional del actual gobierno (o sea, anunciar solo los titulares de lo que va a hacer).

En lo esencial, el sistema de acreditación actual opera en dos modalidades: una institucional (radicada en la Comisión Nacional de Acreditación CNA) y otra de programas (carreras), en manos de agencias privadas que operan en una suerte de mercado. El principal cuestionamiento de estos días remite a la CNA, pero antes también se ha criticado a las agencias privadas, básicamente porque hay un muy tenue límite entre las universidades y las agencias, las que no pocas veces comparten o intercambian profesionales, sin que medie un adecuado periodo de moratoria entre ambas responsabilidades. Hay que decir además que el cuestionamiento a la CNA es, por extensión, una crítica al modelo de acreditación por agencias, puesto que el aval o ministro de fe de la calidad de las acreditaciones de carrera efectuadas por agencias es la hoy muy devaluada CNA.

La acreditación institucional y de programas esta regulada por una ley que, como todas, es fruto de las transacciones que hicieron posible su aprobación. Por consiguiente, su forma definitiva es el resultado de esa negociación y no necesariamente responsabilidad exclusiva del gobierno de turno. En el caso de la acreditación institucional, la modalidad vigente señala como obligatoria la revisión y evaluación de la gestión institucional y de la docencia de pregrado. Son voluntarias, en cambio, la gestión de la vinculación con el medio, la docencia de postgrado y la investigación. Se puede decir, entonces, que para la ley actual, una institución de educación superior, para ser acreditada como tal, debe satisfacer ciertos mínimos de gestión y prestar servicios de docencia conducentes a un título profesional. Esto es aplicable tanto para los centros de formación técnica (CFT), los institutos profesionales (IP) y las universidades.

Ahora bien, este modo de operar hace posible que una institución de educación superior (IES) pregone su calidad de acreditada, sin que existan garantías que dicha calidad se despliega en toda su oferta ni sedes; dicho de otra forma, una IES puede ser adecuadamente gestionada y tener bien estructurados sus procesos generales o transversales de gestión de la docencia conducente a título, pero de ello no se puede colegir que una determinada carrera provea una formación de calidad. Más claramente, las carreras -salvo Medicina y Pedagogía- no tienen acreditación obligatoria, lo que significa que alguna IES puede estar titulando a ingenieros, abogados o sociólogos sobre la base de programas formativos cuya calidad es un misterio.

Pero el problema de la acreditación institucional y de carreras no está solo en el proceso y su singular lógica interna. El foco de corrupción más frecuente es la vinculación que el Estado hizo entre la obtención de los subsidios y ayudas estatales y la mentada acreditación. Los casos de acreditaciones cuestionables de universidades estatales y privadas que se han denunciado se deben a este vínculo perverso.

El tercer foco problemático es la composición de la CNA, hoy marcada por una representación de los mismos actores evaluados. Así de claro: basados en la ley actual, las propias IES designan representantes que gestionan a la entidad que luego los evaluará. Por esta vía, el lobby y la captura (la cooptación de los integrates del Consejo de la CNA por parte de las IES) no pueden sino debilitar el tejido del sistema de accountability que subyace en la acreditación.

Estos son los problemas que parece querer atacar el proyecto de ley que enviará el gobierno al Congreso: a) composición de la CNA y b) contenido y despliegue de la acreditación. En la información gubernamental hasta ahora conocida se mantiene la relación entre la calidad de IEs acreditada y la posibilidad de acceso a recursos públicos. De acá se deduce una hipótesis: el problema no es el vínculo entre acreditación e financiamiento garantizado por el Estado; el problema son los incentivos y consecuencias del fraude.

Por otra parte, para evitar los conflictos de interés, el proyecto anunciado modificará la forma en que será conformada la CNA (será por el sistema de alta dirección pública y por designación presidencial, según dicen) y, con igual objetivo, también suprimirá la participación de las agencias privadas en la acreditación de carreras obligatorias. Ello porque, en el futuro esquema, la acreditación se hará más comprehensiva y, basada en estándares mínimos, juzgará tanto factores institucionales como de gestión de carreras, entre ellas la de acreditación obligatoria (Pedagogía y Medicina) y otras definidas aleatoriamente.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Lucro y educación superior: una opinión ponderada

Febriles, rabiosas, depresivas y complacientes, campean las opiniones sobre las universidades privadas, el ahora vapuleado sistema de acreditación, los incentivos perversos de parte del Estado, el ánimo de lucro y la inmoralidad de los actos de algunos, la aversión al control estatal, la indolencia ministerial y mucho más. En medio de esta feria de comentarios, hoy se publica una columna de Roberto Meza, en El Mostrador, que condensa a mi juicio con proverbial calma, realismo y equilibrio, la actual situación y una eventual solución. La transcribo:




Lucro, educación y sentido común

Roberto Meza, en el Mostrador, 20 de diciembre de 2012

La polémica entablada entre el ex presidente Ricardo Lagos y el Ministro de Educación, Harald Beyer, sobre el lucro en la educación y el modelo de acreditación vigente, si bien tiene interés en tanto se expresan puntos de vista en torno a un tema de relevancia para los próximos 20 años, ha resultado, como otras, estéril, al tiempo que desvía inútilmente el foco de aquellos aspectos que realmente importan.


En efecto, discutir sobre las culpas de la existencia del lucro en educación superior, prohibido por ley desde 1980, pero que, como se decía en la Colonia, “se acata, pero no se cumple”; o sobre el origen de la débil o inexistente fiscalización de dichos centros de estudios, que era parte del modelo, luego de la masiva reacción estudiantil por su calidad y el develamiento de irregularidades en su gestión, termina casi por ofender al sentido común.


Toda persona madura y sensata sabe que nadie —o muy pocos— hacen algo por nada. La gran mayoría persigue retribución, sea en aprecio o bienes materiales. Si eso es así, la prohibición legal del lucro vigente desde los 80 para emprender en educación universitaria resulta superflua, en un entorno en que la utilidad o margen entre ingresos y gastos de cualquier actividad es indispensable para sobrevivir, en la medida que así se generan los recursos para seguir creciendo y desarrollándose como organización.


Se discutirá que lo que quiso decir el legislador con “lucro” es sobre aquella parte de la utilidad o margen que saca el dueño del capital, restándola de las ganancias conseguidas para pagar los gastos y que deberían reinvertirse en la Universidad para mejor docencia. Pero, entonces el problema no está en la ganancia, sino en la renta del capital. La pregunta consiguiente es, entonces, qué privado estaría dispuesto a donar sus ahorros para este noble fin. Si la respuesta es nadie —como es de suponer—, entonces la consecuencia es que la educación debería estar en manos del Estado y constituirse como carga social permanente, con todo lo que significa en uniformidad de enseñanza e influencia de poderes políticos sobre las nuevas generaciones. He ahí el quid.


Entonces, aquella legislación educacional aparentemente o quiso limitar el surgimiento de universidades privadas, dejando el peso a corporaciones públicas, financiadas por todos los chilenos vía subsidios para educar al pequeño segmento de estudiantes que podía acceder a ellas por méritos, o se esperó ingenuamente que grupos políticos, religiosos o económicos invirtieran en educación superior sólo para influir en la juventud ilustrada. Ambas posibilidades auguraban mal resultado.

Pero como “hecha la ley, hecha la trampa”, las universidades privadas que surgieron no tienen fines de lucro en sus estatutos, es decir, cumplen la ley. Y si se analizan sus balances, en general muestran resultados neutros, con ingresos y egresos similares, aunque, por cierto, las inmobiliarias a las que arriendan sus edificios e infraestructura —habitualmente con dueños similares— y que no tienen la obligación de no lucrar, presentan utilidades. Otras, como se ha visto, tienen pérdidas como Universidad e Inmobiliaria. Es un “modelo de negocios”.


Y es lógico. Porque pretender que inversiones multimillonarias como la fundación de una Universidad estén guiadas sólo por ideales filantrópicos y que sus promotores eduquen y donen sus capitales por la belleza de la solidaridad y la educación o, aún, por la influencia en currículos para imponer su visión del mundo, resulta iluso. Esto, por lo demás, ha estado claro para todos, todo el tiempo. No por casualidad se han transado Universidades privadas —sin fines de lucro— en millones de dólares. Si los estudiantes expresaron su crítica a la evidente incongruencia entre lo legislado y la práctica, fue en un acto de dignidad, mediante el cual nos dijeron: “A otro pingüino con esos cubitos de hielo”.


Por eso, ante la crítica del ex presidente, es obvio que el actual gobierno no avanzará en la dirección de una educación universitaria pública gratuita, porque ni comparte la dirección estratégica implícita, ni habría recursos fiscales para aquello —aún sin esa carga, el déficit fiscal de 2012 será de casi 5 % del PIB— y de lo que se ha tratado es esperar que los hechos, más porfiados que las palabras, terminen por asentar el sentido común para que, finalmente, el Congreso reforme la ingenua legislación de educación superior. No escapa al buen criterio que cuando una universidad persigue ganancia como objetivo central, es probable que el corazón de su misión educacional pase a segundo plano y entregue, como ha sucedido, enseñanza de mala calidad. Pero esta posible consecuencia no es un patrón, porque hay universidades privadas que persiguen fines de lucro, pero que cumplen bien su papel docente.


También es evidente que los gobiernos anteriores —por su origen ideológico— hubieran preferido tal educación pública y “gratuita”, financiada con los impuestos de todos. Pero recursos escasos alcanzaban sólo para los estudiantes que traspasaban las barreras de las pruebas de aptitud. Aquello aseguraba parte de la calidad, vía selección de los mejores puntajes, pero que, en su mayoría, provienen de buenos colegios pagados, discriminando así, a los más pobres. En la elección del mal menor parecen haber optado por la cantidad, elevando históricamente —CAE incluido— el número de jóvenes que pudieron llegar a la educación superior —muchos de ellos, los primeros de su familia—, aunque mediante el concurso de capitales privados que suplieron la falta de recursos fiscales y que, además, permiten el ingreso con puntajes PSU inferiores a los de las universidades públicas, tendiendo a igualar el acceso.


Es decir, la menor oferta de educación universitaria a que obliga la exigencia de gratuidad y estatalidad, fuerza a una selección más drástica de los estudiantes que acceden a ellas, mejorando la calidad de alumnado y disminuyendo los costos de los subsidios. Pero la consecuencia es menos profesionales y técnicos que los que hoy pueden aspirar a serlo, a través del sistema de universidades privadas.


El sentido común indica, pues, que la educación es un bien de la mayor relevancia en la sociedad de la información y el conocimiento y que, por tal motivo, las familias se desviven por educar a sus hijos, los que, sin título, parecen condenados a la pobreza. Luego, hay una demanda creciente que el Estado no puede cubrir, porque sus recursos son escasos y lo cargamos con otras múltiples prioridades, por lo que debe recurrir al capital privado. Pero aquel no trabaja por bolita de dulce. Entonces, ¿Qué hacer? ¿Seguir con la triquiñuela según la cual la Universidad privada no tiene fin de lucro, pero la Inmobiliaria si? ¿Estatizar toda la educación superior? ¿Se expropian? ¿Quién paga la expropiación? ¿Y la libertad de enseñanza? ¿Qué hacer con los 400 mil estudiantes de Universidades privadas, si hay problemas para colocar a 16 mil de la U. del Mar?


Hay pues, de una vez por todas, que legislar para permitir la ganancia legítima en las Universidades privadas, tal como en los IP y CFT, trasparentando sus objetivos y exigiendo estándares de reinversión que limiten el “lucro” hasta el punto de no hacer huir al capital de esa área. También hay que darle al Estado recursos y capacidad técnica para una mejor fiscalización y control de mallas curriculares, infraestructura, profesores y procesos, para conseguir, en unos 10 años, universidades con clara identidad y propósitos, que cumplan con requisitos básicos de solvencia, mejorando el sistema de acreditación que, respondiendo al ministro, no es “corrupto” por su diseño, sino porque los seres humanos se comportan ética o inmoralmente en cualquier orgánica, incluso en las religiosas, que deberían ser el centro de la defensa moral.


Transparentado el sistema y llevándolo desde la idea matriz de Estado Docente a uno de Sociedad Docente, el control ciudadano y la competencia hacen el resto, mientras el Estado, mediante planificación indicativa, fiscaliza y acredita calidad, premiando con subsidios crecientes a las universidades que realizan investigación y desarrollan conocimientos y con menos a las que solo hacen docencia sobre el corpus de ciencias instalado. De ese modo cortamos el nudo gordiano que tiene ya por varios años confundido al sentido común (sea por las exigencias sobredimensionadas al Estado o por el libertinaje que posibilitó) y que ha suscitado tanta polémica estéril.

viernes, 7 de diciembre de 2012

El cierre del año del Ministro Beyer

Fuente: http://static.pulso.cl/20121207/1666738_380.jpg
En un medio nacional, el Ministro de Educación ha dicho que en el fondo, la  preocupación mostrada por muchos respecto de la educación es un gran bluff, una mentira. Afirmó también que han sido solo 4 ó 5 los académicos que han participado seria y sistemáticamente en la discusión. En otro medio, agregó "mientras yo sea ministro de educación, no va a haber gratuidad". Algunas de las aseveraciones del ministro son elocuentes, aunque esperables dada su trayectoria y domicilio ideológico. Cito:

¿Por qué el gobierno no ha sido tajante en plantear que en el lucro no está el problema?
Hemos sido tajantes. Hemos dicho, y lo hemos repetido en el Congreso, que lo que tenemos en el sistema escolar, por ejemplo, es una tremenda heterogeneidad  en el desempeño y está presente tanto en los establecimientos escolares con fines de lucro y los que no lo son. En Chile, existe una tradición con lucro en la educación escolar desde 1920 al menos y lo que hemos tenido durante mucho tiempo es una heterogeneidad, mucha impunidad, en el sentido más bruto de la palabra, con establecimientos que sistemáticamente lo hacen mal y nunca ha pasado nada. Eso es lo que hay que cambiar. Si me dicen que acabando con el lucro termino con los establecimientos que lo hacen mal, lo firmo inmediatamente, pero sabemos que eso no ocurrirá, tenemos suficiente evidencia empírica que eso no pasa. Y ese es el problema del sistema escolar.    
         
¿En la educación superior no sería mejor aplicar reformas que transparentaran el tema del lucro?
Podría ser hacia futuro, pero aquí hay que hacer cumplir la ley. Siempre como gobierno dijimos que esta era una discusión posible, pero aquí la ley establece que las universidades no pueden tener lucro, por lo tanto, hay que ofrecer garantías a la población de que se cumple la ley, porque eso le da credibilidad al sistema.

Por cierto, buena parte de sus opiniones se refieren a la situación crítica de la educación superior chilena y tienen como fondo el escándalo generado por el procesamiento judicial de un ex directivo de la Comisión Nacional de Acreditación (CNA) y de algunos rectores de universidades privadas. Quizá haya abonado algo también las opiniones del nuevo presidente de la CNA, quien se ha manifestado abiertamente a favor del lucro como fuerza dinamizadora de las universidades, mismas que también conceptualiza de manera franca como empresas que persiguen maximizar sus beneficios y que deben generar excedentes ("una universidad rentable es una institución que tiene capacidad para invertir en su futuro y cuyos clientes ven satisfechas sus expectativas", ha escrito en un paper recogido por "El Mostrador"). Más radicalmente, Rolf Lüders reafirma que el lucro debe ser admitido en la educación superior, abogando por "(i) permitir definitivamente la existencia de instituciones de educación superior estatales y privadas, con y sin fines de lucro, (ii) ampliar y sistematizar substancialmente la cantidad y la calidad de la información públicamente accesible por internet, (iii) distinguir para fines de regulación y de acreditación claramente -al menos- entre los institutos técnicos, las universidades dedicadas primordialmente a la enseñanza (teaching colleges), y las universidades que realizan investigación, docencia y difusión; (iv) reformular radicalmente -a la luz de la estrepitosa falla del sistema monopólico oficial- el sistema de acreditación para asimilarlo a algo parecido a lo que existe en el caso de la calificación de instrumentos financieros, que es privado y competitivo".

¿De qué se trata este nuevo impulso de opiniones a favor del lucro y por reafirmar una de las piedras  basales del sistema actual (del "modelo", dirían algunos)? 

Si se atiende el contexto, es decir, a) el entorno de críticas al propio Ministro y a la DIVESUP por su actuar pasivo en relación con los casos de las universidades privadas cuya acreditación institucional ha sido cuestionada (al respecto, el MINEDUC ha intentado deslindar responsabilidades mediante la publicación de un "especial" donde describe el rol que les cabe en la educación superior); y b) el anuncio de un proyecto de reforma al sistema de acreditación y la reactivación del proyecto de creación de una Superintendencia de Educación Superior, entonces es posible que estas declaraciones sean una toma de posición para eventuales negociaciones. Pero se trata de opiniones conocidas que, por lo mismo, no son llamativas por su contenido, sino por su forma y oportunidad. El Ministro, en particular, ¿qué efecto político previó con sus declaraciones?, ¿a quiénes les habla?